Ser alemán en Bolivia después de Kundt

junio 01, 2017

  

Extracto

En septiembre y octubre de 1932, cuando empezaron a circular los rumores acerca de que Kundt regresaría a Bolivia para conducir al Ejército en la guerra del Chaco, cundió el pánico en la colonia alemana en Bolivia. Uno de los más clarividentes opositores a la llegada del general había sido el cónsul germano en Oruro, Rudolf Borgolte, quien había representado el caso ante la Legación del Reich en La Paz.

El hecho es que, tras la derrota de Alihuatá y Campo Vía en Diciembre de 1933, los peores pronósticos se hicieron verdad, y todo sucedió muy rápido y con mucha violencia. Era como si el nuevo mando militar quisiera tomar revancha con los alemanes por el daño que había causado Kundt a la causa boliviana en la guerra.

Si el quehacer del ministro [Maximilian] König había sido arduo durante el año en que Kundt dirigió la guerra, tras la derrota del general en diciembre de 1933 se dio un alud de ataques, arrestos y hostigamiento a ciudadanos alemanes, que tuvieron que ser lidiados, protestados y querellados a través de la representación diplomática del Reich. Aparentemente los alemanes, por ser alemanes, eran automáticamente sospechosos de ser espías. Peor si residían y/o trabajaban cerca del Chaco.

Algunos de los casos más representativos ilustran esta persecución estatal:

Un alemán llamado Eduard Strohmann, residente en Saururo, departamento de Tarija, muy cerca de la serranía del Aguaragüe, fue abusado múltiples veces por militares y civiles proclives al gobierno. Sus llamados a la Policía y autoridades sólo traía como consecuencia mayores abusos, golpizas y finalmente el saqueo de su comercio. Posteriormente, en julio de 1935, finalizada la guerra, reclamaría a través de la Legación alemana el resarcimiento por sus pertenencias embargadas por los militares.

Otro alemán, Paul Hepner, tras lustros de residencia en Bolivia, fue expulsado del país por la sospecha que despertó su hoja de vida, bastante variada por cierto: había sido minero en Colquechaca, profesor en Oruro y fabricante de cigarrillos en Santa Cruz. ¿Era espía o simplemente emprendedor? Las autoridades militares no perderían el tiempo en largas averiguaciones. En caso de duda, deporta. Fue lo que también le sucedió a otro germano, Herrmann Mallet, que fue expulsado sumariamente de Bolivia desde Yacuiba, sin ninguna acusación formal. En otro caso, un tal Hans Bartschaft fue detenido dos veces por sospecha de espionaje.

Pero no era necesario estar cerca del teatro de guerra. El mecánico Josef Althoff, empleado de la Patiño Mines y que trabajaba en Huanchaca y Oploca, Potosí, también fue detenido por sospecha de espionaje. Fue procesado y eventualmente declarado inocente, pero siguió detenido en la cárcel de San Pedro en La Paz después del fin de la guerra. Ni siquiera las autoridades diplomáticas alemanas estaban a salvo del abuso: el propio Borgolte, en Oruro, sufrió la requisa de ciertas planchas de acero que requería para su trabajo.

Pero quizás el caso que más trabajos le dio a la representación del Reich fue el curioso caso Ungewitter. Los primeros días de 1934 el teniente coronel del Ejército boliviano Max J. Ungewitter fue arrestado por sospecha de espionaje. Su proceso sufrió innumerables retardaciones debido a que su jurado, un consejo de guerra, fue remplazado varias veces. A instancias de König, el propio presidente de Bolivia, por entonces ya Luis Tejada Sorzano, le solicitó al Ministerio de Guerra que apresurase el proceso, “porque se necesitan sus servicios para estudios aerofotogramétricos para la canalización del río Choqueyapu” en La Paz. El Ministerio de Guerra se comprometió en marzo de 1935 a ya no cambiar al consejo de guerra. Ese mismo mes el militar alemán fue absuelto y el 7 de junio König envió un agradecimiento al Presidente y al Ministro de Guerra.

 

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